El legado de Zico en Kashima Antlers: cómo un brasileño transformó el club más ganador de Japón

Jugador veterano brasileño con camiseta roja oscura de fútbol en un estadio japonés de la J-League

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Hay una pregunta que me he hecho decenas de veces a lo largo de diez años cubriendo fútbol japonés: que habría sido de Kashima Antlers sin Zico? La respuesta corta es que probablemente estaríamos hablando de un club de segunda fila, un equipo más de la prefectura de Ibaraki sin identidad definida. Pero Arturo Antunes Coimbra — Zico para el mundo del fútbol — aterrizó en la pequeña ciudad de Kashima en 1993 y lo cambió absolutamente todo. Hoy, con 9 títulos de J1 League en la vitrina, Kashima Antlers es el club más laureado de Japón, y la huella de aquel brasileño sigue impresa en cada centímetro del proyecto.

Lo que siempre me ha fascinado de esta historia no es solo el talento de Zico como jugador — que a sus 40 años seguía siendo descomunal — sino su capacidad para construir una cultura desde cero. En una liga que arrancaba sin tradición profesional, sin referentes, sin público consolidado, Zico entendió que su misión iba mucho más allá de meter goles. Lo que hizo fue plantar una semilla de mentalidad competitiva en un suelo que nadie creía fértil.

La llegada de Zico a Kashima en 1993 y la fundación de una identidad

Me acuerdo de leer por primera vez la crónica de aquel 15 de mayo de 1993, el día inaugural de la J-League. Diez equipos, estadios llenos de curiosos más que de aficionados, y un brasileño de 40 años con las rodillas destrozadas corriendo por la banda en un pueblo de 60 000 habitantes. Suena a guion de película mala, pero fue real. Kashima Antlers y Yokohama F. Marinos son los únicos dos clubes que han jugado en la primera división de forma ininterrumpida desde aquel día, y no es casualidad que la presencia de Zico marcara esa diferencia.

La J-League nació como un proyecto profesional a partir de la vieja Japan Soccer League amateur, y los clubes necesitaban desesperadamente figuras que legitimaran el producto. Verdy Kawasaki trajo a Ramos Ruy, Nagoya Grampus ficharía después a Lineker, pero ninguno generó el impacto estructural que Zico tuvo en Kashima. Porque Zico no llegó solo a jugar — llegó a diseñar. Participó en la elección de los colores del club, en la filosofía de cantera, en el modelo de fichajes. Fue jugador, director técnico interino y finalmente asesor estratégico. Una figura total.

Kashima era, antes de la J-League, el equipo corporativo de Sumitomo Metal Industries. Sin afición real, sin estadio moderno, sin ambición deportiva más allá del entretenimiento para empleados. Zico convenció a la directiva de que un club pequeño podía ser grande si tenía una identidad clara y una mentalidad implacable. Esa mentalidad, que los japoneses bautizaron como «Kashima Spirit», sobrevive hoy, tres décadas después.

Lo más revelador es que Zico eligió Kashima voluntariamente. Tenía ofertas de clubes en Tokio, en Osaka, en ciudades con mercados enormes. Pero prefirió un proyecto donde pudiera construir desde los cimientos. Y esa decisión, que entonces pareció excéntrica, resultó ser la más transformadora en la historia del fútbol japonés profesional.

La «filosofía Zico»: mentalidad ganadora y conexión brasileña

Hace unos años, entrevistando a un exjugador de las categorías inferiores de Kashima, me dijo algo que se me quedó grabado: «En Kashima no te enseñan a jugar bonito, te enseñan a ganar. Y eso viene de Zico». Es una frase que resume perfectamente lo que Zico inyectó en el ADN del club.

La filosofía no era complicada, pero sí radical para el contexto japonés de los noventa. El fútbol japonés tendía a la disciplina colectiva, al orden táctico, a la ejecución sistemática. Zico no renunció a eso — sería absurdo hacerlo en Japón — pero le añadió un ingrediente que faltaba: la ambición individual dentro del marco colectivo. El brasileño insistía en que cada jugador debía sentirse responsable del resultado, no diluirse en el grupo. Esa tensión entre lo colectivo japonés y lo individual brasileño fue el combustible del éxito.

Hay un dato que siempre utilizo para ilustrar la profundidad de la conexión Brasil-Kashima: los jugadores brasileños ganan en promedio 617 307 euros al año en la J1 League, la cifra más alta entre todas las nacionalidades extranjeras. Kashima Antlers fue pionero en establecer esa pipeline de talento brasileño que hoy beneficia a toda la liga. Zico no solo trajo su propio genio, sino que abrió una autopista entre Brasil y Japón por la que después transitaron decenas de jugadores que marcaron época.

La influencia táctica fue igualmente decisiva. Zico importó un modelo de juego basado en la posesión con propósito, transiciones rápidas y presión alta tras pérdida — conceptos que hoy suenan normales pero que en 1993 eran revolucionarios en Asia. Los entrenadores que pasaron por Kashima en los años siguientes heredaron ese marco y lo adaptaron, pero la base era inconfundiblemente ziquiana.

Más allá de lo táctico, Zico instaló un sistema de exigencia que perdura. Los jugadores de Kashima, incluso hoy, hablan de una presión interna por competir que no existe en otros clubes japoneses. No es tóxica, es cultural. Es la diferencia entre un club que acepta perder con dignidad y otro que considera cualquier derrota un fracaso.

Impacto directo en los primeros títulos de liga (1996-2001)

Los números hablan por sí solos, pero detrás de cada cifra hay una historia que merece contarse. Kashima Antlers ganó su primer título de J-League en 1996, apenas tres años después de la fundación de la liga. Ganó el segundo en 1998. Y en el año 2000 hizo algo que ningún club japonés ha logrado repetir en 25 años: la triple corona — liga, Copa de la Liga y Copa del Emperador en una misma temporada. En 2001, retuvieron el campeonato. Cuatro títulos en seis años.

Zico ya no jugaba en esa etapa — se había retirado como futbolista en 1994 — pero su rol en la sombra era enorme. Como asesor técnico, influía en fichajes, en la preparación mental del plantel, en las decisiones estratégicas. Los técnicos que dirigieron al equipo en esos años — Zé Mario entre ellos — operaban dentro del marco que Zico había definido. El brasileño era el arquitecto invisible.

Lo que hizo especial aquella primera era de dominio fue la consistencia. No se trato de un destello puntual, de un año mágico. Fue una máquina que funcionaba temporada tras temporada porque los principios eran sólidos. Kashima fichaba bien, desarrollaba jóvenes con mentalidad ganadora y mantenía una estructura organizativa que otros clubes, con más recursos económicos, no lograban replicar.

El treble del 2000 merece una mención especial. Ganar los tres torneos nacionales en un año es una hazaña que exige profundidad de plantilla, resistencia física y fortaleza mental. Kashima lo consiguió con un equipo que no tenía las estrellas más caras de la liga pero sí la mejor cultura competitiva. Y esa cultura tenía un nombre y un apellido brasileño.

Cuando analizo la trayectoria posterior de Kashima — los tres títulos consecutivos de 2007 a 2009, el regreso al campeonato en 2016, la conquista del noveno título en 2025 — veo un hilo conductor que conecta todo con aquellos primeros años. Los jugadores cambian, los entrenadores rotan, pero la filosofía persiste. Zico se fue de Kashima hace mucho tiempo, pero su legado no se fue con el. Se quedó en las paredes del vestuario, en el sistema de formación, en la expectativa de que este club, por pequeño que sea su mercado, existe para ganar.

Pocas figuras en la historia del fútbol pueden presumir de haber transformado un club con tanta profundidad. Zico no solo le dio títulos a Kashima Antlers — le dio razón de ser.

¿Cuántos años estuvo Zico vinculado a Kashima Antlers?
Zico estuvo vinculado a Kashima Antlers desde 1991 (antes de la fundación oficial de la J-League) hasta mediados de los años 2000, en distintos roles: jugador (1991-1994), asesor técnico y director deportivo. Su influencia directa abarcó más de una década.
¿Zico jugó o entrenó en Kashima Antlers?
Ambas cosas. Zico jugó como futbolista en Kashima desde el inicio de la J-League en 1993 hasta su retiro en 1994. Posteriormente ocupó roles de entrenador interino y asesor técnico, influyendo en la dirección deportiva del club durante los años de sus primeros títulos.